“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su
origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos
pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor
llega más naturalmente al corazón humano que su contrario." Nelson Mandela
En
primer lugar, cabe destacar que hemos observado un creciente abandono
del estudio de los fenómenos del racismo y la xenofobia tanto por parte
de la Unión Europea como del Estado. En 2007 el Observatorio Europeo del
Racismo y la Xenofobia -que había venido haciendo informes anuales
sobre tales fenómenos desde el inicio de su funcionamiento en 1997- fue
reemplazado por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión
Europea. Así, apenas existe información fiable sobre el estado actual
de estos problemas. Se podría pensar que este abandono obedece a que los
problemas del racismo y la xenofobia se consideran ya superados, pero
no hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que
no es así.
En España se cuenta con el Observatorio Español del
Racismo y la Xenofobia, cuyo último informe publicado data de 2011. Las
conclusiones que se sacan de su estudio son, a grandes rasgos, no muy
esperanzadoras, e insinúan que el aparente declive del racismo y la
xenofobia se deben más bien a la disminución de la inmigración que a un
cambio de visión hacia la misma.
España es un país con escasa
tradición respecto a la presencia de poblaciones foráneas, no siendo
hasta la década de los 90 cuando se produjo un cambio sustantivo en la
apreciación de
las relaciones interculturales. (García &
Escarbajal, 2009). Sin embargo, la pluralidad sociocultural es en muchos
casos considerada como “negativa” o como un problema para una parte
significativa de la población autóctona, dejando de lado todas las
aportaciones reales y simbólicas que está realizando esta pluralidad. Al
mismo tiempo, “focalizar la cuestión de los grupos inmigrantes y las
minorías en la cultura y las siempre difusas identidades, sólo sirve de
excusa para ocultar la incidencia de otros factores, como la economía y
la política, que explican significativamente las razones de los
conflictos de intereses que se producen con los grupos mayoritarios
autóctonos.” (García & Escarbajal, 2009, p. 8). Es decir, en nuestra
sociedad, el discurso dominante discrimina las minorías foráneas
argumentando precisamente el hecho de que sean minorías, pero pensamos
que el factor más influyente en dicha discriminación son razones de tipo
de tipo económico y político.
Aquí, Delgado (2005), nos puede
ayudar a entender ese discurso, dividiendo a sus defensores en dos
grandes grupos. Por un lado, tenemos a las personas nostálgicas de la
homogeneidad cultural -una situación que generalmente solo ha existido
en sus mentes- que se sienten angustiadas y encuentran tranquilidad
solamente si se limitan la libertad y derechos de las personas recién
llegadas. Por otra parte, encontramos a las personas que se autoperciben
tolerantes y respetuosas hacia las personas de las minorías, sin que
ello signifique una aceptación incondicional; se admite la existencia de
las diferencias, pero siempre que estén integradas en el sistema de la
mayoría y de forma que puedan ser fácilmente localizadas e integradas.
He aquí una actitud multiculturalista, pero que impide, bajo nuestro
punto de vista, la posibilidad de convivencia e interacción de las
diferentes propuestas culturales, y que tanto global como localmente
fomenta la segregación.
El “racismo genético” que prevaleció en
Europa durante la primera mitad del siglo XX todavía existe, pero se ha
eclipsado bastante por lo que ahora se ve como racismo cultural (Bralo y
Morrinson, 2005, citado en Cea y Valles, 2011). Por tanto, concebimos
la interculturalidad no solo como una consecuencia de un mundo cada vez
más interconectado, donde los movimientos migratorios son tan abundantes
como imprevisibles, sino como una necesidad ante esta situación;
estamos construyendo unas sociedades donde priman la diversidad y la
diferencia -entendidas como elementos positivos que enriquecen las
culturas y de las que las personas extraen sus propias síntesis
culturales- y que pensamos deben interactuar en un contexto de igualdad y
respeto.
Puesto que las diferentes identidades y culturas ya
existen y están en un permanente estado de evolución de manera no
programada (Escarbajal, 2009), pensamos que debemos trabajar
para
crear ese contexto de igualdad y respeto de manera “artificial” al
principio para que poco a poco las personas lo vayan tomando como propio
y así conseguir que más allá de una coexistencia estemos delante de una
convivencia.
En el momento en que abogamos por la
interculturalidad, estamos aceptando que no existe -o no debería
existir- primacía de ninguna cultura o identidad sobre las demás.
Apostamos por un diálogo intercultural donde todas las personas tienen
mucho que enseñar y mucho donde elegir qué quieren aprender. No se
trata, pues, de que se cree una macrocultura que sea síntesis de todas
las que conviven en un mismo lugar, sino de que cada persona, en
libertad, vaya interactuando con aquello que más se ajuste a sus
preferencias.
Somos conscientes de que tal y como la concebimos interculturalidad hoy en día no se da, y que si aspiramos a ella es necesario un trabajo tanto con las personas autóctonas como con las migradas, rompiendo también si es posible esta dicotomía autóctono-extranjero que nos resulta inútil y segregacionista. Se trata de crear un espacio donde todas las personas tienen cabida.
Somos conscientes de que tal y como la concebimos interculturalidad hoy en día no se da, y que si aspiramos a ella es necesario un trabajo tanto con las personas autóctonas como con las migradas, rompiendo también si es posible esta dicotomía autóctono-extranjero que nos resulta inútil y segregacionista. Se trata de crear un espacio donde todas las personas tienen cabida.



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