Interculturalidad: Información sobre enfoques previos y otras investigaciones.

viernes, 13 de diciembre de 2013 0 comentarios
“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario." Nelson Mandela

En primer lugar, cabe destacar que hemos observado un creciente abandono del estudio de los fenómenos del racismo y la xenofobia tanto por parte de la Unión Europea como del Estado. En 2007 el Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia -que había venido haciendo informes anuales sobre tales fenómenos desde el inicio de su funcionamiento en 1997- fue reemplazado por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Así, apenas existe información fiable sobre el estado actual de estos problemas. Se podría pensar que este abandono obedece a que los problemas del racismo y la xenofobia se consideran ya superados, pero no hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que no es así. 

En España se cuenta con el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, cuyo último informe publicado data de 2011. Las conclusiones que se sacan de su estudio son, a grandes rasgos, no muy esperanzadoras, e insinúan que el aparente declive del racismo y la xenofobia se deben más bien a la disminución de la inmigración que a un cambio de visión hacia la misma. 

España es un país con escasa tradición respecto a la presencia de poblaciones foráneas, no siendo hasta la década de los 90 cuando se produjo un cambio sustantivo en la apreciación de
las relaciones interculturales. (García & Escarbajal, 2009). Sin embargo, la pluralidad sociocultural es en muchos casos considerada como “negativa” o como un problema para una parte significativa de la población autóctona, dejando de lado todas las aportaciones reales y simbólicas que está realizando esta pluralidad. Al mismo tiempo, “focalizar la cuestión de los grupos inmigrantes y las minorías en la cultura y las siempre difusas identidades, sólo sirve de excusa para ocultar la incidencia de otros factores, como la economía y la política, que explican significativamente las razones de los conflictos de intereses que se producen con los grupos mayoritarios autóctonos.” (García & Escarbajal, 2009, p. 8). Es decir, en nuestra sociedad, el discurso dominante discrimina las minorías foráneas argumentando precisamente el hecho de que sean minorías, pero pensamos que el factor más influyente en dicha discriminación son razones de tipo de tipo económico y político. 

Aquí, Delgado (2005), nos puede ayudar a entender ese discurso, dividiendo a sus defensores en dos grandes grupos. Por un lado, tenemos a las personas nostálgicas de la homogeneidad cultural -una situación que generalmente solo ha existido en sus mentes- que se sienten angustiadas y encuentran tranquilidad solamente si se limitan la libertad y derechos de las personas recién llegadas. Por otra parte, encontramos a las personas que se autoperciben tolerantes y respetuosas hacia las personas de las minorías, sin que ello signifique una aceptación incondicional; se admite la existencia de las diferencias, pero siempre que estén integradas en el sistema de la mayoría y de forma que puedan ser fácilmente localizadas e integradas. He aquí una actitud multiculturalista, pero que impide, bajo nuestro punto de vista, la posibilidad de convivencia e interacción de las diferentes propuestas culturales, y que tanto global como localmente fomenta la segregación. 

El “racismo genético” que prevaleció en Europa durante la primera mitad del siglo XX todavía existe, pero se ha eclipsado bastante por lo que ahora se ve como racismo cultural (Bralo y Morrinson, 2005, citado en Cea y Valles, 2011). Por tanto, concebimos la interculturalidad no solo como una consecuencia de un mundo cada vez más interconectado, donde los movimientos migratorios son tan abundantes como imprevisibles, sino como una necesidad ante esta situación; estamos construyendo unas sociedades donde priman la diversidad y la diferencia -entendidas como elementos positivos que enriquecen las culturas y de las que las personas extraen sus propias síntesis culturales- y que pensamos deben interactuar en un contexto de igualdad y respeto. 

Puesto que las diferentes identidades y culturas ya existen y están en un permanente estado de evolución de manera no programada (Escarbajal, 2009), pensamos que debemos trabajar
para crear ese contexto de igualdad y respeto de manera “artificial” al principio para que poco a poco las personas lo vayan tomando como propio y así conseguir que más allá de una coexistencia estemos delante de una convivencia. 

En el momento en que abogamos por la interculturalidad, estamos aceptando que no existe -o no debería existir- primacía de ninguna cultura o identidad sobre las demás. Apostamos por un diálogo intercultural donde todas las personas tienen mucho que enseñar y mucho donde elegir qué quieren aprender. No se trata, pues, de que se cree una macrocultura que sea síntesis de todas las que conviven en un mismo lugar, sino de que cada persona, en libertad, vaya interactuando con aquello que más se ajuste a sus preferencias.

Somos conscientes de que tal y como la concebimos interculturalidad hoy en día no se da, y que si aspiramos a ella es necesario un trabajo tanto con las personas autóctonas como con las migradas, rompiendo también si es posible esta dicotomía autóctono-extranjero que nos resulta inútil y segregacionista. Se trata de crear un espacio donde todas las personas tienen cabida. 


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